“El ciclismo es la muerte lenta del planeta”: la provocación que retrata la trampa del PIB

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La frase suena a herejía en cualquier foro económico: “El ciclismo es la muerte lenta del planeta”. Un banquero la lanzó, según circula desde hace años en artículos y charlas, ante una sala de economistas. No para atacar la bicicleta —que, de hecho, se asocia a salud, movilidad sostenible y ciudades más habitables—, sino para desnudar una lógica incómoda: la forma en que se mide el “progreso” puede premiar el gasto que nace del problema y castigar el ahorro que nace de la prevención.

La idea, tan simple como provocadora, funciona como un espejo. El ciclista, en esa caricatura, es un mal cliente para el sistema. No compra coche, no pide préstamos, no contrata seguros caros, no llena el depósito cada semana, no pasa por el taller con reparaciones de gran importe. No paga aparcamientos de pago, no genera demanda de nuevas autopistas ni obras viales, no sostiene el negocio de la movilidad basada en combustibles fósiles. Y, además, tiende a mantenerse más sano.

Visto desde una mirada estrecha, esa persona “no aporta” porque no gasta tanto. En el extremo opuesto de la provocación, el consumo que sí alimenta el PIB aparece como virtud económica: un nuevo local de comida rápida que abre en una avenida; el flujo de clientes; el empleo que crea; la cadena de suministros; la publicidad; el reparto a domicilio; el movimiento constante de tickets y transacciones. Si ese patrón deriva en problemas de salud —sobrepeso, hipertensión, diabetes tipo 2— también hay “actividad”: consultas, pruebas diagnósticas, tratamientos, fármacos, seguros médicos, dietas, productos “light”, gimnasios, aplicaciones de control y un largo etcétera. Todo suma. Todo cuenta como crecimiento.

La frase del banquero no pretende defender la enfermedad. Su objetivo es revelar la paradoja: una economía puede crecer mientras empeora el bienestar, si el indicador principal confunde gasto con prosperidad.

Cuando el PIB confunde actividad con progreso

El Producto Interior Bruto mide la producción de bienes y servicios finales en un periodo determinado. Es útil para comparar tamaños de economía y niveles de actividad. Pero el problema surge cuando se le exige que responda a una pregunta para la que no fue diseñado: “¿Estamos mejor?”.

En ese marco, la prevención tiene un defecto estadístico: suele ser silenciosa. Si un ciudadano evita enfermar gracias a un estilo de vida activo, buena alimentación y entornos urbanos saludables, no aparece un “evento” económico equivalente al coste de la enfermedad evitada. No se compran medicamentos que ya no hacen falta, no se pagan pruebas que no se realizan, no se acumulan bajas laborales que no se producen. El bienestar generado —menos sufrimiento, más años de vida saludable, más autonomía— no se ve en el PIB con la misma claridad con la que sí se ve el gasto sanitario cuando el problema estalla.

Algo similar ocurre con la movilidad. Si más gente se desplaza en bicicleta y se reduce la dependencia del coche, se recortan gastos en combustible, mantenimiento, aparcamiento y, potencialmente, en ciertas infraestructuras. Desde la lógica del indicador, esa reducción puede “parecer” un retroceso, aunque para la sociedad sea una mejora: menos contaminación, menos ruido, menos congestión, menos accidentes graves y, a medio plazo, menos presión sanitaria por sedentarismo.

La provocación del “ciclismo” funciona porque ataca una confusión habitual: la actividad económica no es sinónimo automático de bienestar social.

La economía que “necesita” enfermos: una lectura incómoda

El texto que circula con esta historia plantea una pregunta inquietante: “¿Qué tipo de economía necesita que la gente enferme para funcionar?”. En términos estrictos, ninguna economía “necesita” enfermos; pero sí puede ocurrir algo más sutil: hay sectores enteros cuyo volumen de negocio aumenta cuando la prevención falla. Y cuando el indicador principal de éxito es el crecimiento del gasto, el sistema puede terminar premiando, por inercia, el modelo que genera más transacciones, aunque parte de esas transacciones sean consecuencia de daños evitables.

La industria alimentaria ultraprocesada, la publicidad, la venta de conveniencia, el urbanismo dependiente del coche, la cultura laboral que reduce el tiempo de cocinar o caminar, o la desigualdad que empuja a dietas baratas de peor calidad: todo ello puede articular un ecosistema donde lo “fácil” es lo menos saludable. Y cuando las consecuencias llegan, aparece la economía “reactiva” que lo monetiza: tratamientos, consultas, productos de corrección, suplementos, soluciones rápidas.

El problema no es moralizar el consumo, ni demonizar sectores. El problema es la estructura de incentivos. Si un país se felicita por crecer porque aumentan las ventas de fármacos derivados de enfermedades prevenibles, algo falla en el cuadro de mando.

Más allá del PIB: cuando el bienestar entra en escena

En los últimos años, economistas y organismos internacionales han insistido en complementar el PIB con métricas de bienestar: salud, educación, sostenibilidad, calidad institucional, desigualdad, tiempo disponible, seguridad. No como un eslogan, sino como una necesidad técnica: medir solo transacciones puede ocultar degradación social o ambiental.

Desde esa óptica, la bicicleta deja de ser “mala para la economía” y pasa a ser un símbolo de otra lógica: la de la prevención y la eficiencia. Un ciudadano sano no “destruye” la economía: libera recursos, reduce costes evitables, aumenta productividad real y mejora calidad de vida. El gasto sanitario seguirá existiendo —y es imprescindible—, pero una parte del gasto asociado a patologías prevenibles es, en el fondo, un impuesto invisible sobre la mala planificación urbana, alimentaria y cultural.

La provocación, por tanto, no va de bicicletas. Va de indicadores. Va de preguntarse si el crecimiento que celebramos es el que realmente queremos.

Un espejo con forma de elección cotidiana

La imagen final del texto original es deliberadamente contundente: “Elegir entre una bicicleta o un McDonald’s no es una broma. Es un espejo”. No se trata de plantear una guerra cultural entre estilos de vida, sino de apuntar a una idea: cada elección individual está encajada en un marco económico que premia unas cosas y penaliza otras.

Si la economía premia más el remedio que la prevención, el incentivo colectivo se pervierte. Y eso obliga a una conversación adulta sobre políticas públicas: urbanismo, transporte, regulación alimentaria, educación sanitaria, fiscalidad y modelos de ciudad. Porque el bienestar no puede depender solo de la responsabilidad individual cuando el entorno empuja en sentido contrario.

La frase del banquero, exagerada y calculada, sigue circulando por una razón: recuerda que el PIB puede subir mientras la vida empeora. Y que el progreso real quizá empiece por medir mejor lo que importa.


Preguntas frecuentes (FAQ)

¿Por qué se dice que el PIB puede “premiar” actividades negativas?
Porque el PIB contabiliza producción y gasto, no distingue si esa actividad nace de un beneficio social o de reparar un daño (por ejemplo, costes por enfermedad prevenible o contaminación).

¿La prevención y la salud “perjudican” la economía?
No. Reducen costes evitables y pueden mejorar productividad y bienestar. Lo que ocurre es que parte de ese beneficio no se refleja directamente en el PIB con la misma claridad que el gasto reactivo.

¿Qué indicadores se usan para medir bienestar además del PIB?
Se emplean métricas complementarias relacionadas con salud, educación, desigualdad, sostenibilidad ambiental, calidad institucional, seguridad y calidad de vida, entre otras.

¿Qué relación tiene la movilidad en bicicleta con la economía real de una ciudad?
Puede reducir congestión, contaminación y gastos de transporte, además de mejorar salud pública. Aunque ciertos gastos asociados al coche disminuyan, el beneficio social neto puede ser mayor.