Muerte súbita en el deporte amateur: el riesgo del que nadie habla en la salida de una carrera

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Cada fin de semana, miles de personas en España se ponen un dorsal, entran en un pabellón o se calzan las zapatillas para correr al amanecer. Lo hacen por salud, y tienen razón: el ejercicio regular es la mejor medicina cardiovascular que existe. Pero el deporte tiene una paradoja que conviene conocer. Durante el esfuerzo, y en la hora que lo sigue, el riesgo de una parada cardiaca se multiplica, sobre todo en hombres de más de 35 años que entrenan de forma irregular. En España, la muerte súbita relacionada con la actividad deportiva afecta a 0,38 personas por cada 100.000 habitantes y año, según un estudio forense publicado en la Revista Española de Cardiología: casi 170 casos anuales, el 98 % hombres, más de la mitad entre 35 y 54 años. No es un riesgo para dejar de correr. Es un riesgo para saber qué hacer si ocurre delante de ti. Empresas como CardioPro, distribuidor de desfibriladores en España, trabajan precisamente para que en el gimnasio, en la carrera y en el polideportivo haya un equipo a menos de tres minutos.

Por qué el corazón de un deportista falla

La mayoría de las muertes súbitas en el deporte no son un misterio médico. En los deportistas jóvenes, menores de 35 años, suelen deberse a cardiopatías congénitas que nadie había detectado: una miocardiopatía hipertrófica, una anomalía de las arterias coronarias, un problema eléctrico del corazón. Son personas sanas en apariencia que hacen deporte desde niños y cuyo corazón guarda un defecto silencioso hasta que un esfuerzo máximo lo desencadena.

En los mayores de 35, el mecanismo cambia: es la enfermedad coronaria, la misma que causa infartos, la que provoca la arritmia fatal. El perfil típico es un hombre de entre 40 y 55 años, con algún factor de riesgo (tensión alta, colesterol, tabaco pasado, estrés) que entrena poco entre semana y mucho el fin de semana. El «guerrero del fin de semana» es el caso más frecuente en las series forenses españolas.

En ambos casos, lo que ocurre es lo mismo: el corazón entra en fibrilación ventricular, un ritmo caótico que no bombea sangre. La persona se desploma, pierde el conocimiento y deja de respirar con normalidad. Y a partir de ese momento, cada minuto sin desfibrilación reduce la supervivencia alrededor de un 10 %.

Once minutos que no tenemos

La ambulancia llega, de media, en once minutos en España, según el registro europeo EuReCa coordinado aquí por el Consejo Español de RCP y la Fundación MAPFRE. Solo en uno de cada cuatro casos baja de los ocho. Es un tiempo razonable para casi cualquier emergencia. Para una parada cardiaca, es demasiado.

Por eso la cadena de supervivencia depende de quien está al lado: el compañero de entrenamiento, el monitor de la sala, el voluntario del avituallamiento. Reconocer que la persona no responde y no respira, llamar al 112, empezar el masaje cardiaco en el centro del pecho y pedir a gritos el desfibrilador más cercano. Con esa secuencia, la supervivencia puede pasar del 5 % a más del 30 %, según la Fundación Española del Corazón.

El desfibrilador: un aparato que decide por ti

Mucha gente no toca un desfibrilador por miedo a hacer daño. Es un miedo infundado. El desfibrilador externo automático analiza por sí mismo el ritmo del corazón y solo descarga si detecta una arritmia que lo necesite. Si el corazón late con normalidad, o si la persona simplemente se ha desmayado, el aparato no hace nada. Guía por voz cada paso: dónde poner los parches, cuándo apartarse, cuándo seguir con el masaje. Los modelos totalmente automáticos ni siquiera piden pulsar un botón.

Ese diseño es lo que ha permitido sacarlo de los hospitales. En España el Real Decreto 365/2009 regula su uso fuera del ámbito sanitario, y las comunidades autónomas han fijado dónde es obligatorio: la mayoría exige un desfibrilador en las instalaciones deportivas a partir de cierta afluencia (500 usuarios al día en Madrid, Andalucía o la Comunidad Valenciana, 300 en Aragón, 350 en Cantabria) y en los espectáculos y eventos con aforo elevado. Un gimnasio grande, un polideportivo municipal, una carrera popular con miles de inscritos entran de lleno en esa obligación.

Quién se ocupa de que el equipo esté ahí

CardioPro es uno de los distribuidores que ha convertido esa obligación en un servicio. Desde 2017, la empresa equipa gimnasios, clubes, polideportivos, empresas, colegios, hoteles y comunidades de vecinos en toda España, con más de dos mil clientes y técnicos en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza, Málaga, Valladolid y el País Vasco.

Su enfoque parte de una idea sencilla: el equipo es lo fácil, lo difícil es que funcione el día que hace falta. Por eso cada instalación incluye el estudio del punto exacto (en una sala de fitness el desfibrilador va junto a la entrada, visible desde las máquinas, no en el despacho del gerente), la vitrina con alarma, la señalización internacional, el alta en el registro de la comunidad autónoma, la formación del personal y el mantenimiento que sustituye electrodos y batería antes de que caduquen. Para los eventos deportivos puntuales, carreras, torneos, campus de verano, ofrece alquiler por meses con entrega y recogida. Para las instalaciones fijas, compra desde 990 euros o renting mensual con todo incluido.

Trabaja con los fabricantes de referencia, HeartSine, ZOLL, Mediana, Schiller y Bexen Cardio, y recomienda para el deporte los modelos con feedback de reanimación, que miden en tiempo real la profundidad y el ritmo del masaje y corrigen al rescatador por voz. En un momento de pánico, esa ayuda marca la diferencia.

Lo que puede hacer cada deportista

Hacerse una revisión cardiológica antes de empezar a competir, sobre todo a partir de los 35 o si hay antecedentes familiares de muerte súbita. Aprender soporte vital básico: un curso de cuatro horas basta para saber hacer un masaje cardiaco y usar un desfibrilador. Y fijarse, en cada gimnasio, en cada carrera, en cada pabellón, dónde está el cartel verde con el corazón y el rayo. Si no lo hay, preguntar por qué. El deporte salva muchas más vidas de las que se cobra. Pero las pocas que se cobra son evitables, y la herramienta para evitarlas cabe en una vitrina de la pared.